martes, 11 de mayo de 2010

EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL USO DE AGROQUÍMICOS

¿Cuáles fueron los inicios que hoy derivan en un confrontamiento de intereses políticos? Parece que hay un nuevo “demonio” con cara de glifosato o que la química en relación al agro conspira contra el ser humano o tal vez pueda salvarlo del hambre…

El sociólogo alemán Ulrich Beck, a mediados de los ochenta, afirmó que las “Sociedad de riesgo” es aquella que se enfrenta a los desafíos de una posibilidad riesgosa creada por ella misma, que al principio se oculta y se hace visible con el correr del tiempo. En base a esto, cabe preguntarse si estamos en una sociedad cuyos impulsos innovadores conllevan peligros ocultos que se dejan ver cuando ya es demasiado tarde. Los agroquímicos empezaron a ser usados con fuerza a mediados del siglo pasado, allí nadie hubiera sospechado las actuales repercusiones –aunque no hace falta ser muy visionario para entender que el saber brinda poder, y al poder hay que controlarlo porque suele ser corruptivo-. Actualmente la polémica sobre los agroquímicos, su impacto ambiental y los intereses políticos que se tejen a su alrededor, se imponen con fuerza.

La FAO define a los agroquímicos como sustancias que tienen por finalidad controlar, prevenir o destruir cualquier plaga. La terminología que los denomina fue evolucionando y se reformuló hacia nombres “más amistosos” con el ambiente. Se pasó del originario “pesticida” al “plaguicida”, posteriormente a “compuesto químico agrícola” o “agroquímico”, y últimamente comienza a llamarse “protector químico de cosechas”. De acuerdo al individuo que intente eliminar, el agroquímico se denomina insecticida, funguicida, avicida, acaricida, nematicida, vermicida y herbicida.

El uso de plaguicidas químicos empezó en el siglo pasado cuando se desarrollaron los sulfuros, utilizados como fungicidas, y posteriormente los compuestos arsenicales que se emplearon para combatir plagas de insectos en la producción agrícola. En ambos casos se trató de sustancias de elevada toxicidad lo que con el tiempo limitó su empleo. Si bien no existe una fecha exacta sobre cuándo comenzaron a utilizarse los herbicidas en nuestro país, se sabe que el clorato de sodio fue importado en bajas cantidades por Bayer en 1927, para ser usado de forma experimental pero no aún de manera masiva.

En 1940 aparecieron en la escena mundial los primeros pesticidas organoclorados -compuestos principalmente por carbono, hidrógeno y cloro- con su máximo exponente en el dicloro difenil tricloroetano –DDT-. Estos se usaron tanto en tratamientos agrícolas como en el control de plagas vehiculizadas por insectos. Por su baja toxicidad, su aplicación se vio enormemente favorecida y ocuparon una posición dominante entre los pesticidas químicos.

También por aquel entonces se solía usar el clorato de calcio, de producción nacional, del cual se utilizaron 160.000 litros en 1939. En 1935 también se empleó el Arsenio de sodio pero no tuvo mucha repercusión por su alta toxicidad. Entre 1945/46, ingresan a nuestro país, en bajas cantidades, productos importados. Desde Estados Unidos, el 2,4-D, y desde Inglaterra, el MCPA. Ambos productos sintéticos que se emplearon para combatir malezas.

En 1962, se expandió la idea de que los pesticidas organoclorados persistían en el ambiente y en los alimentos. Sumado a esto, el conocimiento de la toxicidad perjudicial para la reproducción en algunas especies animales, encendió una alarma pública sobre estos compuestos hasta entonces considerados inocuos.

En definitiva, desde los años cuarenta del siglo pasado, el uso de plaguicidas aumentó de manera continua llegando a cinco millones de toneladas en 1995, a escala mundial. Actualmente, en los países desarrollados hay una ligera tendencia a la reducción del uso de los mismos y se da una sutil inclinación hacia la agricultura integrada y ecológica. No obstante esto, se siguen aplicando de forma elevada. De hecho, los países en desarrollo consumían aproximadamente la mitad de los pesticidas en 1995, en relación a las cifras usadas hoy en día. Sobre todo en el hemisferio Sur donde están la mayor parte de los cultivos transgénicos resistentes a pesticidas. Por su parte, los principales plaguicidas utilizados actualmente, en los países desarrollados, pertenecen al grupo de los organofosforados, carbamatos y piretroides. A estos se suman nuevos compuestos desarrollados por la industria química de síntesis.

En un principio, la selección y mejora del cultivo estuvo en manos del agricultor, quien intercambiaba diferentes semillas con otros productores. A partir de los 70´s se produjo el inicio de la utilización de semillas híbridas para la siembra. El paquete tecnológico de la “Revolución Verde” se basó en el empleo de estas semillas junto con grandes cantidades y variedades de agroquímicos.

Así llegó a ser considerada como la tecnología que acabaría con el hambre en el mundo y que generaría un crecimiento de la productividad de algunos cultivos de exportación. Pero a pesar de esto, no se pudo solucionar la desnutrición por falta de alimentos en muchos lugares.

En 1970 el cultivo de soja equivalía a menos del 1% de las producciones agrícolas de nuestro país. El área cultivada con soja fue creciendo lentamente, hasta que en los 90´s, bajo la presidencia de Carlos S. Menem y con la entrada a América Latina de la soja transgénica resistente al herbicida glifosato, se generó un aumento en la producción que llegó a escalas masivas.

El glifosato se creó en los 60´s. La primera patente perteneció a la firma Monsanto hasta que caducó en 2004. Es por ello que en la actualidad todas las compañías pueden comercializarlo, factor relevante que provocó la disminución de su precio debido a la competencia entre empresas, y se convirtió en el pesticida más vendido de la historia.

La combinación de la semilla de soja transgénica, conocida como soja Round-up Ready -RR- y el herbicida glifosato, forman un paquete productivo de alta rentabilidad llamado “Paquete tecnológico”. La incorporación biotecnológica de este paquete, junto a la técnica de “siembra directa”, mediante la cual no es necesario remover el suelo antes de sembrar, permitió a los agricultores bajar los costos y aumentar el rendimiento productivo.

La expansión del cultivo de soja transgénica en Argentina fue uno de los más veloces en la historia de la agricultura. La superficie sembrada dedicada a la producción de este vegetal aumentó de casi 5 millones de hectáreas a principios de los años 90, hasta 11,6 millones en 2001/02. Este desarrollo y su vorágine no tuvieron un adecuado debate público ni una legislación que actuara rápidamente para asegurar un control necesario para mitigar los riesgos latentes.

Actualmente, en relación a los agroquímicos, la participación de la industria nacional, aproximadamente alcanza el 16,6%, mientras que el 43,6% de los agroquímicos usados tienen origen extranjero, y el 39,8% restante es formulado en Argentina con elementos importados y sólo con algunos nacionales.

En nuestro país, en 1958 empezó la regulación normativa de estas prácticas. Se dictó el decreto Nº 3489/58 del Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación, para el registro y la fiscalización de los productos fitosanitarios. Hoy en día, estos productos deben ser registrados para poder comercializarse y usarse. Debe obtenerse un permiso de la autoridad competente y presentar estudios que aseguren que el producto ofrece las debidas garantías de eficacia y seguridad. En nuestro país, la autoridad de registro es el Servicio Nacional de Calidad y Sanidad Agroalimentaria –SENASA-, organismo que depende de la Secretaría de Agricultura, Ganadera, Pesca y Alimentación.

Asimismo, en el siguiente cuadro –cuadro 1-, puede observarse una de las consecuencias del creciente uso de agroquímicos que se intenta regular pero que aún no se logró eficazmente. Se trata del aumento de desechos de envases de fitosanitarios que conllevan un riesgo para el ambiente porque en ellos quedan restos de sustancias químicas concentradas.

El volumen anual de envases despachados al mercado de productos fitosanitarios es de alrededor de 8.000 toneladas. Los productos fitosanitarios son contenidos en una amplia variedad de recipientes, desde livianos envases de papel hasta pesados envases metálicos, la mayoría de ellos del tipo no retornables. Las recomendaciones para la eliminación de envases vacíos comprenden dos etapas, durante la aplicación de productos fitosanitarios y después la misma. En la primera etapa, la recomendación más importante es realizar el “Triple Lavado” de los envases vacíos. La inutilización, almacenamiento provisorio y eliminación de los envases corresponden a la segunda etapa.

Los envases que contienen productos fitosanitarios y que no son descontaminados mediante la técnica del “Triple Lavado”, retienen en su interior volúmenes de hasta el 2 % del total de los productos contenidos, por lo que son potencialmente peligrosos tanto para el ser humano y los animales domésticos, como para el ambiente.

Según un informe del CASAFE, “crece el volumen de uso de fitosanitarios, pero cae su toxicidad”. Desde esta cámara de sanidad, se afirma que en los últimos 15 años, a pesar de que se expandió fuertemente el mercado de agroquímicos, esto no implicaría un riesgo creciente para la sociedad debido a que bajó su toxicidad.

La expansión del uso de agroquímicos se hizo en base a aquellos cuya toxicidad es la más baja de acuerdo a los criterios de FAO y la Organización Mundial de la Salud -esto puede observarse en el cuadro 2-. Igualmente, CASAFE aclara que esto no significa que los agroquímicos sean inofensivos. Sino que es muy importante la regulación gubernamental al respecto. Pero afirma que esta debe estar basada en “ciencia y no en prejuicios”. El mayor problema es que la reglamentación existente, no se cumple.


1 comentario:

  1. muy buena informacion.. muy completa..... graacias... me sirvio de muchooo...!!!

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